José Luis Cuevas, el ‘maestro de lo tenebroso’ del arte mexicano



En oposición al cálido humanismo y las políticas izquierdistas de los muralistas, Cuevas ofrecía una visión existencialista de la condición humana que daba por sentada la desesperanza. “Me aburre la alegría y odio la felicidad”, dijo en 1963.

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El artista José Luis Cuevas al lado de la escultura de bronce titulada “Autorretrato 1995”, en la Pinacoteca de Nuevo León en Monterrey, México, en 2009.


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Tomas Bravo/Reuters

José Luis Cuevas tuvo una personalidad rebelde y desarrolló una gran habilidad para trazar lo más tenebroso del sufrimiento humano, ambos aspectos lo convirtieron en uno de los más aclamados artistas mexicanos en las décadas de 1950 y 1960.

En oposición al cálido humanismo y las políticas izquierdistas de los muralistas, Cuevas ofrecía una visión existencialista de la condición humana, que daba por sentada la desesperanza. “Me aburre la alegría y odio la felicidad cuando alguna vez creo entreverla en la expresión humana”, le comentó a Newsweek en 1963.

Cuevas murió el 3 de julio en Ciudad de México a la edad de 83 años. Enrique Peña Nieto, el presidente de México, afirmó en un tuit que Cuevas “será recordado siempre como sinónimo de libertad, creación y universalidad”.

El dibujo en tinta conforma la gran mayoría de su trabajo en el que buscó representar a los desdichados de la tierra: los débiles, deformes y locos, con un imperturbable estilo expresionista que reflejaba la influencia de artistas como Goya, Breughel y Grosz, además de las formas del arte precolombino. “Mi interés en los moribundos y en los locos representa mi visión de la vida moderna”, dijo a la revista Time en 1954, cuando se expuso por primera vez su obra en Estados Unidos, en el edificio de la Unión Panamericana en Washington.

Al igual que otros miembros de la llamada Generación de la Ruptura en México, Cuevas criticó el arte muralista nacionalista de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, pues lo consideraba responsable de la cerrazón artística del país. Expresó esta oposición en el manifiesto titulado La cortina de nopal, publicado en 1956, y cuando firmó en 1961 un manifiesto del grupo Nueva Presencia acusó a los muralistas de haberse dedicado a plasmar “dos generaciones de indios pintorescos que hacían tortillas o encendían velas en la víspera del Día de Muertos”.

En 1967, cuando Siqueiros trabajaba en el mayor mural del mundo, La marcha de la humanidad, Cuevas respondió con el Mural efímero No. 1, un tríptico que desplegó en una azotea en Ciudad de México; una de las tres secciones era un autorretrato de Cuevas. Se develó en medio de una estridente ceremonia que incluyó a chicas a gogó. El artista le dio un toque exquisito a ese proyecto sombrío.

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“La Giganta”, expuesta en enero como parte de la celebración por el 25 aniversario del museo de Cuevas en Ciudad de México.


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Sashenka Gutierrez/European Pressphoto Agency

“Sin duda, en la actualidad no existe un artista más refinado que Cuevas, ningún artista que calcule con mayor delicadeza el trazo de cada línea, que rechace con mayor firmeza el trazo impulsivo o el garabato rápido y sugestivo”, escribió John Canaday quien en 1965 era el crítico de arte de The New York Times, y añadió: “Ningún artista, ni siquiera Jerónimo Bosch, ha logrado darle una apariencia tan elegante al horror”.

José Luis Cuevas Novelo nació el 26 de febrero de 1934 en Ciudad de México. Su padre, Alberto Cuevas Gómez, era un piloto comercial; su madre se llamaba María Regla Novelo.

La familia vivía encima de una fábrica de papel y lápices, por lo que los sobrantes proveyeron a José de suministros constantes de materiales para dibujo. Los torsos exagerados y extremidades elongadas de algunos muñecos (monjas, toreros y hasta esqueletos) que pendían sobre su cama inspiraron las siluetas de su obra a lo largo de toda su vida. En su obra Recollections of Childhood (1962) escribió: “Me dieron la primera lección de anatomía humana”.

Cuando tenía 12 años sufrió un ataque de fiebre reumática que lo dejó postrado en cama durante dos años. Dedicó gran parte de ese tiempo a dibujar a los pordioseros y prostitutas que observaba desde su ventana. Salvo por un año que cursó estudios en la Escuela Nacional de Pintura y Escultura antes de enfermarse, siempre fue autodidacta.

Gracias a una exposición individual en la Galería Prisse de Ciudad de México realizada en 1953, lo descubrió José Gómez-Sicre, el director artístico de la Unión Panamericana, quien al siguiente año montó una exposición de la obra de Cuevas que atrajo gran atención. Sus dibujos, de acuerdo con la revista Time, “retrataban con gran fuerza la torcida desconfianza de la esquizofrenia, la arrogancia de la megalomanía, las miradas de la pobreza y la enfermedad”.

A continuación siguieron otras exposiciones en Nueva York y París (donde Pablo Picasso compró dos de los dibujos de Cuevas), además de invitaciones a festivales de arte por todo el mundo como la Bienal de São Paulo, en 1959, donde sus dibujos se expusieron en una sala especial.

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José Luis Cuevas en su residencia de Ciudad de México en 2007


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Marco Ugarte/Associated Press

En 1961 contrajo matrimonio con la psicóloga Bertha Lilián Riestra, quien murió en el año 2000. Le sobreviven su esposa, Beatriz del Carmen Bazán, sus tres hijas, Mariana, Ximena y María José Cuevas, además de su hermano, Alberto.

A mediados de la década de 1960, Cuevas pasó dos años en el taller litográfico Tamarind en Los Ángeles donde produjo una serie de litografías basadas en uno de sus temas favoritos: el marqués de Sade. Aunque Cuevas intentó pintar al óleo al comenzar su carrera siempre prefirió trabajar con tinta, y en algunas ocasiones empleó aguada de color.

“Con el color no transmito ninguna emoción”, le explicó a la revista Américas en 1992. “Lo utilizo algunas veces, más que nada para crear cierta atmósfera, para acentuar el horror, para acentuar lo erótico. Nunca he dejado de ser un dibujante y aunque haya un poco de color en ciertas áreas de mi obra, insisto en que no soy un pintor. Utilizo lo que tengo a la mano, ya sea óleo, acuarela, aguada u otro material, pero mi medio de expresión es el dibujo”.

A una edad más avanzada incursionó en la escultura. Para la inauguración del Museo José Luis Cuevas en Ciudad de México en 1992, creó una escultura monumental en bronce de ocho metros de altura y ocho toneladas de peso, a la que llamó La Giganta. Donó a la ciudad otra escultura de grandes dimensiones que realizó como homenaje a su esposa, Figura mirando el infinito, la cual se instaló en un área central cerca del Paseo de la Reforma.

A pesar de los múltiples reconocimientos que recibió, entre los que se cuenta una muestra retrospectiva en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México que fue inaugurada en 2008, Cuevas nunca logró deshacerse de su imagen de oveja negra del arte mexicano. Lo cierto es que nunca perdió su talento para ser irreverente.

En 2001, creó la escultura Figura obscena, una bestia antropomorfa arrodillada pero con una de sus cuatro patas levantada en una postura similar a la de un perro al lado de un árbol, la cual daba la bienvenida a los visitantes a su llegada a la ciudad costera de Colima. Esta escultura provocó intensas protestas públicas.


Leer más: Español | Autor: albinson.linares

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