Estúpidos semáforos…



La ciudad india de Bangalore, sometida a un nivel de atascos en su tráfico rodado que ha convertido el desplazarse por ella en un auténtico infierno, ha puesto en marcha Gridlock Hackathon, un concurso para desarrolladores y compañías tecnológicas promovido por el gigante del comercio electrónico indio, Flipkart, y destinado a la búsqueda de soluciones

IMAGE: Lasse Kristensen - 123RFLa ciudad india de Bangalore, sometida a un nivel de atascos en su tráfico rodado que ha convertido el desplazarse por ella en un auténtico infierno, ha puesto en marcha Gridlock Hackathon, un concurso para desarrolladores y compañías tecnológicas promovido por el gigante del comercio electrónico indio, Flipkart, y destinado a la búsqueda de soluciones para el tráfico en la ciudad. Aunque el premio es equivalente a tan solo unos 5,500 dólares, la idea ha atraído a concursantes de todo tipo, desde empresas tecnológicas locales que sufren el tráfico como Ola Cabs, hasta gigantes como Microsoft, Google o Amazon.

Entre las propuestas recibidas hay de todo: coches voladores, redes de túneles… pero también hay algunas dedicadas a lo más lógico y obvio: el uso de sistemas basados en algoritmos de machine learning para llevar a cabo una regulación más eficiente de la red de semáforos.

¿Cuanto tiempo pasas, cuando te desplazas por tu ciudad, detenido ante una luz roja de un semáforo? El primer semáforo, dotado con luces de gas e instalado en el exterior del Parlamento londinense, comenzó a funcionar el 9 de diciembre de 1868, con el fin de controlar el tráfico en las vías adyacentes. Su vida fue muy limitada: el 2 de enero de 1869, menos de un mes después de su montaje, explotó a causa de una fuga de gas en el pavimento, y provocó graves quemaduras al policía que lo operaba de manera manual.

Desde esos accidentados comienzos, lo cierto es que la tecnología que hay detrás de los semáforos en la inmensa mayoría de las ciudades ha evolucionado muy poco en prácticamente siglo y medio: las luces ya no son de gas, son eléctricas y van pasando gradualmente de la incandescencia convencional al LED, y ya no las acciona un policía, sino que se encienden y se apagan en intervalos programados. Pero esencialmente, carecen de inteligencia alguna, y como mucho, poseen un par de ciclos, uno diurno y otro nocturno. El uso de “semáforos inteligentes“, en general, se limita a señales como las que evalúan mediante sensores la velocidad de los vehículos que se aproximan y les recomiendan reducirla.

La tecnología actualmente disponible permitiría perfectamente evaluar el volumen de tráfico de una vía, compararla con el de las vías con las que se cruza, y saber si hay peatones esperando pasar. Simplemente dotando de un mínimo de inteligencia a los semáforos y conectándolos entre sí podríamos hacer muchísimo más por el tráfico que con el absurdo sistema que tenemos actualmente, que se limita a encenderse y apagarse en intervalos prefijados y que, como mucho, envía a un agente de movilidad para anular manualmente las órdenes del semáforo cuando la congestión en la intersección o la zona alcanza un nivel determinado. La sensorización de las vías públicas para evaluar los niveles de tráfico no es especialmente complicada ni extremadamente cara, y los algoritmos que evalúan la intensidad circulatoria y toman decisiones con las adecuadas restricciones no parecen muy difíciles de desarrollar. De hecho, hay sistemas, como el empleado por Waze, adquirida por Google en 2013, que calcula la intensidad circulatoria simplemente en función de los datos de localización y velocidad que envían los propios usuarios de la app, y que es capaz con ello de elaborar mapas notablemente precisos y detallados. No hablamos de proyectos faraónicos ni de trufar la ciudad con carísima infraestructura… hablamos de posibilidades que, en el estado actual de la tecnología, pueden tener muchísimo sentido.

Las posibilidades de una tecnología como esa son elevadísimas, y más teniendo en cuenta que nos aproximamos a una época, la del vehículo conectado y autónomo, en la que los propios vehículos estarían dotados de las capacidades de generación de datos mediante sensores y de comunicación para interactuar con la propia red de semáforos de la ciudad utilizando sistemas V2I, Vehicle-to-Infrastructure. Podríamos privilegiar la circulación del transporte colectivo para incentivar su uso, administrar las diferentes rutas en función de su intensidad y, en general, llevar a cabo una regulación del tráfico dotada de mucho más sentido común. Y sin embargo, aquí seguimos, sentados en los asientos de nuestros automóviles, esperando a que el estúpido semáforo vuelva a cambiar siguiendo un período que, en muchos momentos del día, no tiene ningún sentido de cara a optimizar la circulación.

Se nos llena la boca hablando de las smart cities, pero uno de los elementos que más determinan la vida de una ciudad, los semáforos, siguen funcionando con prácticamente la misma tecnología que cuando se inventaron hace siglo y medio. La tecnología está ahí, pero seguimos soportando atascos que podrían, en gran medida, mejorar. ¿Hay alguien al mando de algún ayuntamiento con capacidad para hacer algo que tenga algo de sentido común?

 

 

 

This post is also available in English in my Medium page, “Dumb traffic lights…” 

 



Leer más: Enrique Dans | Autor: Enrique Dans

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